Compongo mi vida

 Existencia, permanencia, susurros de cotidianidad, olas tumultuosas de tiempo, emerge la maravillosa sinfonía de la vida. Somos, privilegiados como especie, se nos ha sido otorgada la capacidad de sobrevivir, una ¿coincidencia? O, un ¿as del destino? ¿es así como debía ocurrir? crear, explorar y deleitarse en los placeres ilusorios que la composición ofrece.

En el pasado distante, mis ancestros se vieron obligados a huir como presas, para garantizar su vivir, evolucionaron dando pie al gran sueño, la caza y huida cedieron espacio a la contemplación, la experimentación y la creación. Tal transición, permitió sumergirnos en el vasto océano de sensaciones, colores, olores y texturas que dan forma a nuestro ser.

Mi esencia, mi humanidad manifiesta la capacidad de tomarme el tiempo de saborear, gozar, fundirme en este lienzo de experiencias, la naturaleza misma me dio el don de sentir, mi ego cesó, mi mente se calló y, aquí y ahora, nació una pintura, brotó un bulbo perenne que debí cultivar su rocío, mi gusto requirió de la sazón del buen combinar y tembló por un exquisito manjar, la lealtad ahora se sabía de un lobo domesticado reposando sobre mis pies en el césped. Cada uno de estos actos es una expresión única de la creatividad y un tributo a la riqueza de la vida misma que aprendí a apreciar.

Soy polvo de estrellas liberado de las garras de la supervivencia pura, se me ha otorgado el don de romantizar la vida. He transformado mi realidad en una danza, un balé de emociones y descubrimientos de belleza inefable interconectada en cada rincón, la experiencia terrenal, este vehículo, me mantiene en tacto con los pétalos de una flor, con las gotas de lluvia, con los remolinos de viento y las llamaradas de un fuego ardiente.


Pero, a pesar de esta maravillosa capacidad para componer la vida, a menudo me encuentro atrapada en el dilema moderno. En mi afán egoico de acumular más dinero, más oportunidades, más experiencias, me veo consumida por la acelerada ansiedad y la poética depresión. En mi búsqueda incesante de lo externo, vulgar y mundano, a veces pierdo de vista el alma misma que trato de enriquecer.

La vida compuesta me extiende la cordial invitación a desacelerar, sumergirme en el presente y a apreciar los pequeños placeres que la creación me ofrece. En lugar de correr sin rumbo, recuerdo que la verdadera riqueza reside en mi capacidad de crear momentos significativos, de abrazar la belleza efímera que me rodea y de encontrar la serenidad en la simplicidad.

El alrededor, lo ajeno, no es mío sino tuyo, y si tampoco es tuyo, ¿entonces de quién es? De nosotros, un parpadeo físico, una mezcla química, estamos, somos, nos conectamos y hablamos. Fugaces como el ocaso fluimos tal río de éter, en los ecos de una aurora, florecemos.

Que mi vida sea mi propia obra maestra, una sinfonía rítmica tejida con hilos de amor por el regalo extraordinario de existir. Encuéntrame en el pictórico vitral del universo, donde cada paso, nota, y suspiro contribuye a la armonía única que es la propia y valiosa composición, una melodía cósmica crepuscular dónde yo, soy tú, y en ti, nos veo.

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